del 2010
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LITIGANTES.
Raúl Juárez Carro Editorial,
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Advocatus Diaboli.


Taylor Caldwell
Traducción Ángel Juárez Cacho
Título original en inglés: The Devil¨s Advocate


Mi padre me refirió en una oportunidad una leyenda escocesa que es la base del título de esta obra: ADVOCATUS DIABOLI

Hace tiempo que se nos conoce a los escoceses como una raza que produce abogados astutos, meticulosos y elocuentes y, efectivamente, los ingleses nos nombran como “raza de abogados”.

Después de la teología, los escoceses somos amantes de la ley, y hasta el montañés que reside en las partes mas remotas resulta una autoridad sobre la ley local o nacional y siempre esta listo para debatirlas con apasionado interés.

Por naturaleza, un pueblo tan devoto de las leyes, tiene leyendas relativas al respecto.

Parece que siglos atrás el Diablo fue encerrado en los calabozos de una oscura aldea de la montaña, acusado de diversos crímenes contra la humanidad.

Ningún abogado quiso aceptar su defensa, pero un juez inteligente logró que alguien aceptara llevar su defensa. La comunidad entera quería se condenara y linchara al diablo, y de la culpabilidad del diablo también estaba convencido su propio defensor, que era hombre religioso y de suma probidad.

El abogado defensor pasó muchas noches orando desesperadamente. ¿Cómo lograría presentar el caso ante el jurado, de manera que el Diablo fuera condenado, pero sin perder su integridad como abogado defensor, obligado a buscar los móviles sumergidos del crimen.

Al “defender” al Diablo, tendría que despertar a la vez en el pueblo los peligros de la presencia del mal y los horrores causados por Satanás. He aquí como encontró la solución.

¡Presentaría al Diablo con todo su poder y malignidad e infamia, mientras al mismo tiempo lo defendía como su abogado y justificador!

El abogado del Diablo pensó que así ganaría la admiración de sus vecinos justos. Haría una defensa abierta y valiente y se ganaría el respeto de la gente al perder el pleito. Pero también los argumentos del abogado irían dirigidos a enseñar, educar en que la gente reconozca en adelante al mal, después que él se los hubiera expuesto ante sus ojos.

Inició y condujo entonces su defensa con gran brillantes e ingenio ante el tribunal. Les reveló enérgicamente la espantosa fuerza del Diablo, ante la mirada de todos clavada, tanto del jurado como del pueblo ahí reunido.

Preguntaba y repreguntaba al procesado, haciéndolo que se condenara con sus propias palabras.

Con toda pericia expuso ante la gente, el hecho de que el Diablo, no se hallaría ahí, entre ellos, si no fuera por culpa de las propias faltas y la secreta envidia de esas mismas gentes y los pecados y errores de sus mismos corazones.

Pudo llegar a obtener del Diablo, la confesión de que su maquinación contra la humanidad carecía de frenos y a intervalos, exhortó al pueblo a que admirase perversidad e inteligencia tan vastas.

Estimulado por la elocuencia del defensor y la aparente defensa que del Diablo hacía, el acusado se excedió aún mas en la expresión de su odio contra el mundo y su gente.

El pueblo entonces se estremeció y llenó de terrible culpa y temor. Recordó sus sufrimientos bajo la influencia del mal y como el mismo pueblo contribuyó a encender las llamas de ese poder tan maligno, a través de sus rencores, envidias, avaricia y daños al prójimo y al mundo por su falta de solidaridad y compasión.

El juez se dirigió después al jurado con estas palabras:

“El mal reside entre nosotros, porque lo hemos invitado a venir. Hemos sufrido mucho, pero hemos atraído nuestro propio sufrimiento. El Diablo no tendría poder sobre nosotros si no se lo hubiéramos dado nosotros mismos; nos hemos esclavizado por nuestra propia decisión; nos vemos desesperados por haber llevado la desesperación a nuestros semejantes. Morimos por haber prestado aquiescencia a la muerte. Nos mantuvimos en silencio en lugar de hablar a favor de nuestro prójimo. Por disfrutar de una seguridad momentánea desviamos nuestra mirada mientras era despojado nuestro vecino. En beneficio de una paz fingida pospusimos una guerra contra el mal. Llegamos a una componenda a cada paso, sabiendo que no debíamos arreglarnos con el mal y su infierno. Si el Diablo es culpable, nosotros no estamos exentos de culpa. En su condenación estamos incluidos. Al juzgarlo se nos juzga a nosotros mismos. Que Dios se apiade de nuestras almas.”

El Diablo fue condenado a ser desterrado para siempre del pueblo. Sin embargo, en su celo por exponer al Diablo a la vista del pueblo, el defensor olvidó lo obtusos e inconcientes que eran sus conciudadanos, quienes no comprendieron en lo más mínimo, su proyecto de defender, acusando.

Y nuestro hombre de leyes fue ahorcado el mismo día en que se desterró al Diablo.

Taylor Caldwell

El libro en español está editado por Grijalbo, con el título “El Abogado del Diablo”. Primera edición en inglés: 1952



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